Campos de batalla: El señor de la guerra, de Carlos de la Torre Paredes




Por Miguel Ruiz Effio*

Campos de batalla. El señor de la guerra, de Carlos de la Torre Paredes, conoce en este formato su tercera edición, lo que habla de una historia que ha conocido el respaldo de los lectores desde su nacimiento. Estas breves líneas tratarán de brindar algunas ideas que explicarían las razones de su éxito.
Carlos de la Torre Paredes es un empeñoso impulsor de su obra y demuestra cercanía con sus lectores en cada edición de las ferias que organiza la Cámara Peruana del Libro. Su pasión por la literatura se percibe en las páginas de esta novela corta, donde ha podido reunir varias de sus aficiones como lector. Este libro es, a la vez, bélico, de fantasía, de distopía medieval, de acción, de aventuras, de viaje, y, mientras cuenta su historia en todos esos registros, el autor se las arregla para dejar guiños a algunos de los autores clásicos de la literatura.
Una pareja de esposos, campesinos ancianos, espera a que su joven hijo regrese de una guerra cuyos orígenes o detalles no conoceremos a lo largo de la novela (y estos dos aspectos son algunas de las virtudes que hacen posible la construcción de una saga, pues alimentan el corpus total). De pronto, un espectro se aparece a la anciana y le informa que su hijo ha muerto. Luego se marcha. Y poco después, para sorpresa del lector, el hijo regresa. Pero la madre desconfía. El muchacho que está frente a él se ve y habla como su hijo, pero una presencia sobrenatural le ha revelado su muerte. En el mundo fantástico que ha perfilado el autor, lo sobrenatural y lo concreto conviven sin problemas, por eso la desconfianza de la madre. Además, su esposo, el padre del muchacho, presenta una infección producto de una herida que se ha hecho durante su trabajo y empieza a empeorar con el pasar de los minutos.
El oficio del autor se nos revela desde las primeras líneas de la novela y es una de sus marcas de estilo:
Hacía poco más de un año que su hijo se marchó. Un señor llegó al galope, escoltado por una pequeña comitiva de caballeros y lo reclutó para luchar en una guerra. Se necesitaba voluntarios que, dependiendo de su desempeño en el campo de batalla, serían remunerados con dinero, tierras y títulos nobiliarios.
Por lo menos esto último era falso. Los señores nunca aceptarían campesinos como noble», piensa la anciana mientras termina de encender el fuego en su pequeña casucha. Tiene frío y se siente sola […]
El autor describe con sobriedad, con una calculada economía en el uso de las palabras. Nos menciona una guerra, que podría ser cualquiera, en cualquier época, con un estilo directo y que privilegia la acción. Como mencioné antes, la novela no entrará en detalles acerca de los orígenes de la guerra, ni en sus progresos, motivaciones, consecuencias políticas u otras explicaciones, pero nos revelará que estamos en el mundo medieval de una región fantástica, donde la magia y la realidad conviven del modo más natural posible. Aquí la referencia es, indudablemente, a las sagas de Tolkien, a sus mundos ficticios poblados de caballeros, reyes y magos. Porque en la guerra que relata De la Torre, donde las probabilidades de victoria responderán a un delicado equilibrio entre la sagacidad de los reyes, el valor de los caballeros, la abundancia y conducción de los ejércitos y la provisión de infraestructura y pertrechos militares, tan importante como ello es la presencia de los magos, más aún si en este mundo de pueblos guerreros se percibe la presencia desequilibrante de divinidades bélicas. Si el mundo y sus guerras responden a los designios y caprichos de las deidades —a la manera de las deidades mitológicas griegas— solamente es posible enfrentarlos con lo sobrenatural, es decir, con magia.
¿Es extraño que una madre anciana no reaccione con efusividad ante el regreso de un hijo que ha sobrevivido una guerra? En pueblos que presencian guerras interminables y que reconocen el poder de las deidades y de sus emisarios, es perfectamente comprensible que la mujer desconfíe. Y esto sirve al autor para desplegar su siguiente recurso técnico, que ocupará gran parte de la novela. El muchacho, Iván, se acomoda en un tronco y, mientras atiende junto a su madre a su padre enfermo, relatará sus peripecias en la guerra. Seguramente varias novelas ha usado este recurso, pero a mí esto me remite siempre a El Quijote y sus novelas insertadas durante la narración. Aunque en la novela de Cervantes la relación con la historia principal es tangencial y aquí sirve como un flashback para conocer las penurias por las que el muchacho ha pasado desde su reclutamiento, identifico esta decisión del autor como otro guiño a sus lecturas formativas. Pero también aporta un nuevo elemento de valoración a la madre, quien, oyendo lo que su hijo cuenta, oye su voz y su manera de hablar. ¿Es Iván quien ha regresado?, se pregunta también el lector. El tercer bloque de la novela hace una pausa en la narración de Iván y nos deja ver lo que revela los pensamientos de la madre:
[…] La madre no sabe qué pensar. Habla como su hijo, son sus palabras, es su voz… Incluso come como él, hace los mismos sonidos inapreciables sonidos al tragar. El oído de madre no puede fallarle. Ella no puede equivocarse en reconocer a su hijo. […] Siente la emoción de tener a su hijo cerca […] Pero se contiene, no puede bajar la guardia.
Dije antes que la novela no se detiene en los orígenes de la guerra, ni en sus progresos, motivaciones o consecuencias políticas. Sin embargo, el autor sí se detiene en sus consecuencias sociales, en cómo la guerra afecta la vida diaria de los pueblos y en sus repercusiones económicas. El autor es hábil para la descripción de atmósferas y escenarios y, por ello, nos hace conocer de primera mano cómo la pobreza y la indefensión son las primeras consecuencias de la guerra, las que el individuo común sentirá en la piel. Iván cuenta su horror al recorrer pueblos devastados por los ejércitos del enemigo; pero también nos revela —y para esto, parece que el autor cogiera una cámara de mano y caminara junto a él— el salvajismo de su propio ejército. Es una velada declaración de principios de nuestro autor: en una guerra, no hay vencedores, solo vencidos.
Para conocer al señor de la guerra, Viorte, al que alude el título de la novela, De la Torre echa mano de una reiteración del recurso que ha venido usando hasta este punto: Rafael, un joven soldado y compañero de Iván le relata la historia de su linaje guerrero, y esta segunda narración nos la refiere Iván desde aquel instante, sentado en el tronco de la casa de sus ancianos padres. Una historia dentro de una historia, dentro de la novela.
Señalaré dos virtudes adicionales a lo que he mencionado. La cámara en mano a la que aludí no es gratuita o producto de un pasaje de la novela; se explica, más bien, porque el estilo descriptivo del autor bebe de la narrativa audiovisual contemporánea. Sus escenas de batalla están descritas a la manera de quien marca en un guion los pormenores del texto que podrían ser trasladados a imágenes —y aquí avizoro una posibilidad extraliteraria en el periplo que ha recorrido la novela hasta hoy—, de modo que el lector podrá enriquecer su imaginación con lo que el autor contribuye a mostrarle. Estoy seguro de que los aficionados a series contemporáneas como Juego de tronos o Vikingos también encontrarán valioso material de lectura en esta novela.
Por último, la creación de un personaje como Samanta, la sacerdotisa guerrera, es una valiosa contribución a la narrativa de este género de fantasías medievales, pues gatilla la acción a partir de la segunda parte de la novela. Será, quizá, el hilo conductor de las siguientes entregas de la saga.
Campos de batalla. El señor de la guerra, de Carlos de la Torre Paredes, es una novela hábilmente construida y narrada con oficio y que además de ser un excelente entretenimiento, deja espacio para una reflexión contemporánea sobre la violencia entre naciones, además de mostrarse como un tributo a los autores clásicos de la literatura universal.


*Miguel Ruiz Effio: (Lima, 1977) estudió Administración  en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha sido finalista de las XII, XV y XVII bienales de Cuento Premio Copé 2002. Ha ganado el Concurso de Narrativa Ten en Cuento a La Victoria (2008) y el Premio de Cuento José Watanabe Varas 2010 de la Asociación Peruano Japonesa. Es autor de los libros de cuentos La habitación del suicida (2006), Un nombre distinto (2011), Y si el olvido un día nos (2012) y La carne en el asador (2016). Relatos suyos han sido incluidos en las compilaciones Disidentes:Muestra de la nueva narrativa peruana (Revuelta Editores, 2007), El desafío de lo imaginario: Primera antología binacional contemporánea peruano-ecuatoriana del cuento (Consulado del Perú en Guayaquil, 2011), Disidentes 2 (Altazor, 2012), El cuento peruano 2001-2010 (Copé, 2013) y Mix Literario: Escritores brasileños y peruanos (Centro Cultural Brasil-Perú, 2017), entre otras, así como en las revistas de literatura Buensalvaje (número 15) y Specimens. Última narrativa iberoamericana (electrónica). Ha sido columnista de la revista Contrapoder y de Diario Uno. Dirige la editorial Campo Letrado.

Instagram: @m_ruiz_effio  






Campos de batalla: El señor de la guerra, de Carlos de la Torre Paredes Campos de batalla: El señor de la guerra, de Carlos de la Torre Paredes Reviewed by Aarón Alva Hurtado on noviembre 11, 2018 Rating: 5

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