Regreso a casa: Un cuento de Jorge Ninapayta




Jorge Ninapayta, escritor peruano nacido en Nasca en 1957 y fallecido tempranamente en 2014, desarrolló una corta pero muy intensa y magistral producción cuentística. Varios de sus relatos obtuvieron  importantes premios tanto nacional como internacionalmente. Su cuento "García Márquez y yo", lo hizo acreedor del primer lugar en el Concurso de las 1000 palabras de la Revista Caretas; así como "Muñequita linda", texto ganador del Concurso Internacional Juan Rulfo.
A continuación, les presentamos su cuento "Regreso a casa", el mismo que fuera publicado por Jaime Campodónico en el año 2000. Disfrútenlo.


Regreso a casa


San Damián parecía haber desaparecido aplastado por la densa oscuridad de la medianoche cuando el ruido de bocina de barco cruzó el pueblo de un canto a otro; pasó muy arriba, por encima incluso del viento terroso que desde el atardecer se había adueñado de las calles y golpeteaba con su arenisca inclemente.
Un rato antes, Carlos, que permanecía en la habitación —a oscuras—, sin poder dormir a pesar del largo viaje, había decidido salir a la calle. Tuvo que hacerlo tanteando las paredes de la sala y los muebles, hasta dar con la puerta. Afuera lo recibió la misma densa oscuridad y el viento terroso que le fustigó el rostro. Llegó hasta la esquina y se recostó a la pared; poco a poco fue distinguiendo mejor lo que lo rodeaba.
Muchas de las casas, construidas muchos años atrás por la empresa minera, se hallaban vacías, sin puertas ni ventanas. El paulatino abandono del pueblo llevaba ya dos años, y los pocos trabajadores que aún quedaban se habían marchado a los pueblos aledaños en busca de trabajos eventuales, a la espera de que concluyera el cierre temporal de las minas. La empresa minera aseguraba que este cierre, que ya duraba más de cuatro meses, se debía a la escasez de ciertos insumos indispensables, aunque no explicaba cuáles. Todo esto le había estado explicando su hermana Carmen, lo sucedido durante estos ochos años que Carlos no volvía por aquí, cuando de pronto, a las nueve de la noche en punto, la oscuridad se desplomó en todo el pueblo.
Ahora el viento volvía a correr con fuerza; había empezado desde la tarde, ese viento que viene del desierto salitroso y levantea furiosos remolinos de tierra. Carlos decidió que tendría que volver a la casa; era lo mejor. Entonces fue cuando el largo ruido de bocina de barco se estiró aleteando por sobre el pueblo, pasó sobre la cabeza de Carlos, en dirección al faro, y cayó por el rumbo de los acantilados. 
“¡El barco hundido…!”, se acordó: el barco que se hundiera hace más de treinta años. Por un instante sólo vibraron los ecos, pero inmediatamente volvió a sonar, más fuerte, más clara, la bocina desesperada, volviendo a avisar que se hundía. Venía del embarcadero, en realidad de más allá, de la cercana isla Tres Hermanas, y parecía el bufido de un animal herido. “Debido al viento”, pensó. Sí, del viento, que había liberado esos ruidos que dormían aprisionados en las paredes de las casas del pueblo. 
¿Cuántas veces, de chico, había escuchado esos ruidos? Cuando el viento del desierto entraba en el pueblo, arañando las paredes de las casas, donde se mantenían aprisionados los ruidos del barco Independencia bajo las capas salinas de la brisa, se libraban los sonidos, que luego permanecerían vibrando durante toda la noche: el llamado del barco (que esa vez iba con mucha gente del pueblo al puerto vecino de Calande) avisando del hundimiento, pidiendo ayuda.
La gente del pueblo ya estaba acostumbrada, y cuando había viento fuerte durante el día, por la noche cerraba bien las ventanas para no desvelarse con los ruidos. Pero Carlos se quedaba despierto hasta muy tarde, sólo para oírlos. Su madre ya lo sabía, por eso le aconsejaba que no se desvelara, que se durmiera, sino al otro día estaría bostezando y con sueño a la hora de ir a la escuela.
Carlos había llegado esta tarde al pueblo. Pero algunas horas antes, al mediodía, aún estaba en la carretera Panamericana caminando hacia la repartición de Poroma. UN camión lo había dejado en la carretera, y mientras cruzaba por desiertos salitrosos y desolados pensó que todo estaba tan vacío que las almas muy bien podían aprovechar para salir a beber agua: cuando era chico, se decía que al mediodía, cuando un lugar estaba completamente despoblado, las almas salían a beber agua. Pero en esos parajes silenciosos no había agua, ni plantas, salvo unas pequeñas matas achaparradas y cenizas.
Dio la vuelta a un alto montículo de arena y, de pronto, delante se abrió una hondonada por la que casi cae rodando. Pero no tuvo tiempo de sorprenderse por ello porque vio, maravillado, a un viejo que era atacado por dos burros. ¡Sí, estaba viendo bien…! Eran burros, casi enanos, con una pelambre desordenada que les tapaba los ojos. “¡Los burros salvajes…!. Siempre habría creído que no existían, que todo lo que antes hablaban de ellos era simple leyenda. Casi paralizado por la sorpresa, vio al viejo correr cojeando hacia unas rocas para escapar de los animales, pero uno de los burros alcanzó a darle un feroz topetazo en las costillas, que le hizo dar una voltereta y caer como un muñeco desarticulado. Carlos atinó a bajar la pendiente a grandes trancos y dando gritos para espantar a los animales: al llegar abajo, agarró unas grandes piedras y las lanzó hacia ellos, que al fondo aguardaban para volver a atacar. Los burros retrocedieron desconcertados e inesperadamente orinaron un largo chorro amarillo: luego rascaron la tierra con las patas, evidentemente irritados porque la situación había cambiado con ese intruso gritón. Hasta que, finalmente, dieron media vuelta y se alejaron al trote.
El viejo se incorporó con esfuerzo, dolido y maltrecho.
—Gracias, amigo, gracias…
Luego, procedió a levantar una bolsa de lona de la cual habían caído desperdigadas unas ropas.
—¿También se dirige a San Damián? —preguntó Carlos.
—Sí, voy a la procesión al mar —explicó el viejo, que llevaba una corona funeraria hecha de alambre y papel —. Uno de mis hermanos murió esa vez del hundimiento.
Caminaron hablando lacónicamente, como intimidados por el pesado silencio de esos parajes. Hasta que avistaron la repartición de Poroma: una agrupación de viejas casas de madera aplastadas por el sol, justo donde la carretera Panamericana dejaba estirarse hacia el oeste, en forma perpendicular, una pista que se internaba en los arenales salitrosos, hacia San Damián. Allí les informaron que no había movilidad para el pueblo, no se podía entrar allá hasta el otro día: había llegado el barco que traía combustible para mantener funcionando las principales máquinas de las minas y estaban acarreándolo en camiones tanque, cruzando por las calles del borde del pueblo, por lo que todo acceso estaba prohibido por guardianes armados. Felizmente, pasó una vieja camioneta que llevaba maderas para un depósito ubicado antes de la entrada al pueblo. Hasta allá podría llevar a Carlos, y de allí él ya vería cómo avanzaba; por supuesto, a escondidas. Por su parte, el viejo prefirió quedarse a pernoctar en la repartición hasta el otro día. 
Carlos vino en la camioneta mirando el desierto mineroso y los parajes cenizos, con estribaciones rocosas que habían sido cortadas a filo, hace mucho tiempo —casi cincuenta años, cuando la empresa extranjera fundó el pueblo en torno de las minas a tajo abierto—, para hacer avanzar esta pista.
—El pueblo está casi abandonado, y sobre todo ahora con el cierra de las minas — le habían dicho algunos amigos en Changuillo, adonde llegó el día anterior, para que desistiera de su viaje. 
Ahora Carlos vivía en la capital, pero durante este tiempo que no volvió a San Damián había vivido en el extranjero, donde tenía un hijo de seis años. En San Damián, acudiría a la procesión al mar, que recordaba a tantos muertos en el hundimiento del barco, y vería a su hermana y a los amigos que aún quedaban por allí.
Cuando en el pueblo anterior le preguntaron a quién iba a buscar, había respondido: “A mí mismo”. Lo había dicho en broma, claro, pero cuando entró caminando en San Damián y fue mirando con atención las calles y a la escasa gente, como buscando verse a sí mismo, tuvo que reconocer que había mucho de cierto en esas palabras. El pueblo parecía abrumado por la tarde fría. La avenida principal, Los Libertadores, que empieza en la entrada al pueblo y se extiende en línea recta hasta el centro, donde confluyen el mercado central, la plaza de armas y la municipalidad, ya había empezado a ser invadida por el viento terroso.
Carlos volvió a la casa. Entró y avanzó por la sala tanteando las paredes, las puertas, los muebles; cerca de su habitación, sus manos palparon una textura familiar, de formas humanas, un rostro: era su hermana, quien permanecía de pie e inmóvil cerca del baño. Carmen había sido sonámbula de pequeña, y aparentemente lo seguía siendo. La agarró de una mano y, procurando no despertarla, la condujo a la habitación donde ella dormía con su hija.
Carmen debía hallarse muy cansada. Había estado trabajando sola en casa y atendiendo a su hija ahora que el esposo se hallaba en otro pueblo. Además se había dedicado a colaborar con el sindicato de obreros para la procesión del mar, cosiendo los estandartes y armando las coronas de flores de papel; precisamente, cuando Carlos llegó por la tarde, la había encontrado armando algunas coronas funerarias con alambre y flores de papel crepé.
Ella le contó que, como cada año, el sindicato ya había conseguido los botes, chalanas y otras embarcaciones que llevarían a la gente a la isla Tres Hermanas, junto con el cura que celebraría la misa al aire libre. Todo estaba listo; podía haber abandono y carestía, pero nunca se dejaría de realizar la procesión de agosto al mar. Carmen le habló también sobre los antiguos amigos de Carlos, los que aún quedaban en el pueblo.
Afuera, la bocina del barco siguió sonando, aunque ya débilmente. Carlos se fue quedando dormido, y aún alcanzó a oír pasos y voces mientras caía suavemente en el descanso.
—Yo vivía por aquí, en unos de estos lugares, pero no recuerdo dónde —sonó una voz afuera, o quizá en los sueños de Carlos.
Cuando despertó por la mañana oyó ruido de trastos en la cocina.
—Estoy buscando un recipiente de loza —explicó Carmen—. Mi comadre Amelia debe haber llegado esta mañana de Visambra y le encargué que me trajera queso y morcillas.
Más tarde, Carmen salió con su hijita hacia la casa de su comadre. Dejó comida, para que Carlos se sirviera si es que ella demoraba. 
Carlos salió después en dirección a las casas de sus amigos. Fue caminando por la pista que bordea una hondonada. Iba mirando las casas habitadas, que permanecían con las puertas cerradas; algunas tenían verjas de madera para encerrar jardines vacíos donde no podía crecer nada en la tierra salitrosa. 
Tocó la puerta de una casa de esquina. Luego de un rato salió su amigo Beto, con la camisa abierta, gordo y sin afeitar, y se quedó mirándolo, tratando de reconocer a ese individuó que le sonreía.
—Carlos, qué milagro, hombre! —exclamó por fin. 
Entraron en la casa. Carlos vio un maletín de viaje cerca de la puerta. Se enteró que Beto acababa de llegar del pueblo donde estaba trabajando por unas semanas. Mientras conversaban, Beto envió a uno de sus hijos para que llamara a Mauro y a Federico.
Beto le repitió a Carlos lo que ya sabía, los problemas de la empresa, el despoblamiento de San Damián. Mauro y Federico llegaron al poco rato. Ellos también acababan de llegar de otros pueblos. Entre todos comentaron sobre la fiesta de vísperas de la procesión, que se realizaría esta noche en el local de la antigua cooperativa de consumo; precisamente, dentro de un rato debían ir allá a llevar petróleo para el pequeño aparato electrógeno y a limpiar el lugar que debía estar hecho una mugre, porque no lo abrían desde esta misma fecha del año pasado.
—¿Y qué es de nuestro amor imposible? —preguntó Carlos, sonriendo.
Mauro y Beto se miraron tratando de entender.
—Ah, Laura, nuestra antigua compañera —dijo Mauro— Todavía viene de vez en cuando a visitar a su mamá.
—Sí, y desde hace algún tiempo su hija está por aquí —añadió Beto.
Más tarde, ya cerca del mediodía, Carlos se marchó porque deseaba visitar el centro del pueblo. “No faltes esta noche”, le recordaron; Carlos aseguró que vendría, de todas maneras. 
En su trayecto, llegó a la escuela de varones que, como siempre, permanecía circundada pro una alta alambrada con parantes de tubos de metal. La alambrada mostraba enormes agujeros en varias partes. Luego se detuvo en el local del sindicato de obreros, en ese lugar enorme, con su puerta principal de dos hojas; entró con mucha confianza y se dedicó a observar las fotografías de las vitrinas, de antiguas reuniones de trabajadores, de fiestas de gala, de épocas definitivamente perdidas. 
Por la tarde, volvió a casa de su hermana. Carmen le había dejado una nota: que comiera, porque ella se quedaría a dormir donde su comadre; ya se encontrarían al otro día temprano en el embarcadero para ir a la procesión del mar. 

Por la noche, Carlos se dirigió al local de la cooperativa, en el sureste del pueblo, en el sector abandonado y a oscuras. El resplandor de las casas habitadas lo acompañó parte del trayecto, pero cuando se internó en el sector oscuro, tuvo que ir tanteando las paredes, para evitar golpearse, guiándose por un ruido extraño que no pudo reconocer. 
Por fin divisó el local; una construcción amplia, con ventanas en los cuatro lados, por donde brotaba la luz —producida por un aparato electrógeno que ronroneaba— que caía rendida al borde de las casas vacías de los alrededores. Cerca de la entrada encontró a Beto y a Mauro, quienes le presentaron a algunos de los asistentes. Mauro le informó que la hija de Laura ya estaba adentro.
—Pobre muchacha, aquí lo mejor que puede conseguir son estas fiestas fantasmales —dijo la esposa de Mauro.
Al comienzo no había mucha gente en el interior, pero poco a poco fueron llegando más vecinos y la fiesta se tornó animada. En cierto momento, Máximo vino con la hija de Laura y la presentó a Carlos. La chica se llamaba Orieta y se parecía mucho a su mamá, la guapa muchacha que había sido reina de belleza del colegio.
Carlos vio a Orieta bailar varias piezas con un joven flaco y medio bizco. Observaba todo sin mucho entusiasmo, sin involucrase en la fiesta, por lo que decidió pasear un momento por fuera. Salió y se alejó lentamente hasta el borde de la bajada que lleva a un campo de juegos mecánicos en desuso. La música entonces le llegaba como brisa ligera que parecía deshacerse en el aire.
Cuando más tarde estaba volviendo al local, distinguió a un grupo de personas en la puerta, algunos daban gritos: un tipo borracho había tratado mal a Orieta, a ella que, más allá, todo llorosa, daba explicaciones a unas personas que debían ser sus familiares. 
—Me tironeó de los hombros…!
Carlos pensó que debía tratarse del flaco. De pronto, desde cerca de la pista que está antes de las casas, se oyó un grito: “¡Por allá! ¡Va por allá!”. Sin esperar más, los familiares de Orieta corrieron en esa dirección. Los demás los siguieron desordenadamente. Al final, del interior del local, donde la música seguía sonando indiferente, salieron trastabillando los últimos asistentes.
Carlos entró en el local. Había botellas vacías de cerveza y papeles regados por el suelo,  y algunas sillas estaban tiradas; parecía como si los moradores de ese lugar hubieran salido huyendo de una peste. Permaneció esperando cerca de una hora, hasta que se convenció de que ya nadie vendría. Entonces decidió apagar todo, desconectar los cables del generador. Como no sabía cuáles eran los indicados, juntó varios y dio un fuerte tirón: la noche se desmoronó envuelta en el silencio.
Carlos despertó por la mañana con la fuerte sensación de estar cometiendo una falta. Se sentó en la cama y dejó correr su mirada en derredor. La luz del nuevo día entraba por la ventana abierta de par en par. De pronto, su mirada quedó violentamente prendida del reloj que descansaba sobre la mesita: las nueve de la mañana. ¡La procesión!
—¡Carmen, Carmen…! —llamó desesperadamente.
Se acordó que ella no estaba… A estas horas ya todo el pueblo debía hallarse en dirección a la isla. ¡Qué mala suerte!
Se vistió rápidamente y se dirigió al embarcadero. En el trayecto no vio a ninguna persona, ni siquiera en el centro del pueblo, donde parecía que todos habían salido huyendo precipitadamente: varios negocios aparecían con las puertas abiertas y sus productos al aire libre.
Llegó caminando hasta el borde de la bajada al embarcadero, y desde allí observó la isla Tres Hermanas, a pocas millas de la costa; distinguía las enormes rocas en el centro de la isla, también las embarcaciones, unas junto a otras, y a las minúsculas manchitas que eran los grupos de personas. Ya estaría a punto de empezar la misa, y luego la procesión que daría la vuelta a la pequeña isla, llevando a la Virgen; luego arrojarían las coronas de flores de papel al mar, en memoria de los muertos y para pedir por los vivos que tanto padecían en este pueblo tan venido a menos.
El mar estaba agitado, podía advertirlo desde su lugar viendo la manera cómo ondulaban las aguas; en las partes rocosas, más allá, por donde los farallones, las olas debían estar golpeando con fuerza. Permaneció allí largo rato. Más tarde avanzó por entre las casas que miran el acantilado; subió una cuesta y pudo avistar a lo lejos la loma donde antes se ubicaba el autocine; ahora solo quedaba uno de los postes oxidados que sostuvieron la pantalla, y más allá las rampas de cemento.
Ya debía ser casi mediodía. Estaba mirando las casas de abajo, cuando advirtió a unos niños que pasaron corriendo a lo lejos. Aunque debió ser solo en su imaginación, porque no podía haber niños allí, todos estarían con sus padres en la isla. 
Caminó hasta el centro del pueblo. Allí estuvo dedicado un momento a observar la plazuela central, la municipalidad, cuando de pronto, “tang, tang…”, sonó la antigua y recordada campana del colegio. Dio media vuelta y avanzó por detrás de la municipalidad, cruzó la pista y subió las gradas que llevan hasta la entrada principal del colegio San Juan. En la puerta vio a un alumno pequeño que, agachado, con el pecho sobre el borde de la fuente, bebía agua de la gruta de la Virgen.
Entró al colegio y vio a una multitud de alumnos en uniforme escolar que deambulaban por el primer patio de formación, el de los grados superiores, y por delante de la oficina de la dirección. Siguió avanzando, cruzándose con numerosos estudiantes que pasaban indiferentes, como si no lo vieran. Él los miraba como tratando de reconocerlos. Las imágenes de varios de esos rostros las tenía guardadas en la memoria: los muchachos que estudiaban cuando él era también un escolar. 
Ahora podía distinguir con cierta precisión: esa jovencita de pelo recogido en la nuca, de cuello fino, era la chica de la que varios de sus amigos habían estado enamorados. (“¿Cómo se llamaba…? Ah, sí: Mariana”). Y esa otra, flaca, alta, era la hermana de su amigo Sergio, la chica que después murió mientras era operada de peritonitis. ¿Y quién era ese muchacho serio y meditabundo? Su antiguo vecino, Román, primo de Mauro. Por algún lado debía estar Laura, la reina de belleza del colegio.
Fue caminando por entre los alumnos, que parecían aguardar a los profesores; terminaba el recreo y se disponían a volver a sus salones. Muchos conversaban, en grupos de chicos, otros de chicas. Al otro lado del muro del fondo del patio se divisaba la afilada torre de la parroquia.
De pronto vio a Elisa, su primera enamorada. Reconoció sus graciosos hoyuelos y su cerquillo flotante, y se sintió distinto, como cuando era chico y estudiaba en este colegio: ¡era feliz!; aunque entonces él siempre estuviera hablando de irse, por lo cual había insistido tanto a sus padres para terminar la secundaria en la capital. Ahora le resultaba claro que mientras estuvo aquí, en esa época, había sido feliz; esto que volvía a sentir ahora lo confirmaba. Elisa parecía triste.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
Ella siguió mirando el vacío, y demoró en hablar; cuando lo hizo, fue como si comentara para sí misma:
—Carlos se va hoy a la capital.
—¡Dónde está…! —se exaltó Carlos.
Elisa volvió a demorar para responder, aunque justo antes de que hablara, él ya había recordado que había sido un día como éste, y como a esta hora, cuando se marchó del pueblo. Sin mediar más, salió de prisa del colegio, mientras Elisa respondía: “En la agencia”, bajó las gradas de dos en dos y dejó atrás el rumor de las voces despreocupadas de los estudiantes.
Fue trotando por un costado de la posta médica. Ya iba a dejar atrás el sector de la municipalidad, cuando le pareció distinguir que alguien había entrado en el mercado. Fue hacia allá, avanzó por los pasillos desiertos, observando a todos lados: nadie. Siguió hasta llegar a la parte posterior, desde donde se puede ver hacia la avenida Los Libertadores por entre las rejas del portón; las rejas estaban aseguradas con candados oxidados. Entonces vio a pasar esa figura que había estado persiguiendo, camino a la estación de buses. 
La vio pasar por esa calle de enfrente, con un maletín en la mano: la figura de él, de él mismo, cuando joven. Lo había visto un instante y había distinguido su rostro cruzado por una sonrisa de esperanza… y en el fondo de su memoria había recordado claramente ese momento. Pero no, no debía irse. Carlos golpeó las rejas desesperadamente para llamar su atención.
A lo lejos vio acercarse a la gente que volvía de la procesión del mar, en grupos que se diseminaban por las calles. Ya no tenía mucho tiempo. Por ello, cuando esa figura ya se alejaba, solo le quedó llamarlo: “¡Eh…, un momento! ¡Aguarda…!”
Pero no recibió respuesta porque ya estaba un poco lejos. Luego lo llamó por su nombre. Y finalmente le gritó que no, que no se fuera, que allá lejos no había nada bueno para él, que iba a sufrir mucho, que en el extranjero tendría un hijo cuya madre no le permitiría verlo…
Cuando salió del mercado, empezó a cruzarse con la gente que volvía de la procesión, y aunque supo que ya era en vano, igual se dirigió hacia la agencia de buses, abandonada desde hace varios años.
 


Regreso a casa: Un cuento de Jorge Ninapayta Regreso a casa: Un cuento de Jorge Ninapayta Reviewed by Aarón Alva Hurtado on agosto 15, 2018 Rating: 5

Facebook