Cuento: "Silvia" por Kevin Rodríguez

Foto de referencia - Pintura de Lucía Portocarrero
Silvia
«Es una pena que no puedas ir. Me hubiera gustado bastante que conozcas a Verónica. Ella me hace recordar a ti en todo sentido. Estoy más que segura de que se hubieran llevado bien».
Silvia pronunció estas palabras antes de cerrar la puerta con fuerza. No dijo adiós. Era su forma de manifestar su desazón. Minutos antes de su partida, había inventado trabajos inexistentes para evitar ir con ella a la velada de la que tanto me había hablado semanas atrás en sus repentinas visitas a mi departamento. Nunca he sido alguien de frecuentar aquel tipo de reuniones pero me sentí mal por Silvia, ya que realmente lucía fastidiada. Cerré la laptop en la que fingía trabajar, me puse de pie y me dirigí a la cocina por algo para comer. Estaba acostumbrado a decepcionar de esa forma a las personas pero Silvia no era cualquier persona. Preparé un café e intenté no pensar en eso. Prendí el televisor, quise engancharme con una película pero fue en vano. Silvia, tantas veces había visto a Silvia salir por esa puerta con la misma expresión de fastidio. Lo sentía por ella, sabía que deseaba que yo fuera distinto pero no podía serlo. «Así soy yo», susurré para intentar justificarme. Aunque en el fondo, tenía muy en claro que la perdería algún día antes de haber podido confesarle lo que realmente sentía por ella. Era un miedo que brotaba cada vez que veía su rostro. Silvia, si pudieras ser otra persona quizás ya te hubiera revelado esto que guardo tan dentro de mí. Observé mi reloj, ya había pasado treinta minutos desde que se había ido. Seguramente ya estaba en la reunión, rodeada por sus amigos y algún pretendiente. Debía estar ahí.

De pronto, casi sin notarlo, me encontré frente al espejo de mi alcoba poniéndome el traje que ella había traído de la lavandería para mí. Me ajustaba la corbata, me peinaba sin poder evitarlo. Maquinalmente, cogí mis llaves y salí del departamento. « ¿Qué diantres estoy haciendo?», me preguntaba sin poder detener mis pasos. Caminé a través de calles que desconocía pero me di cuenta hacia dónde me dirigía. Llegué a una casa de dos pisos en la avenida La Castellana. «No voy a tocar ese maldito timbre», me repetía pero uno de mis dedos presionó el botón. La puerta se abrió al instante y se presentó una joven de cabellos color chocolate que consultó mi nombre. «Juan Pérez», pensé responder. «Carlos Hernández», pronunció mi boca.
—¡Tú eres Carlitos!—dijo la muchacha esbozando una prominente sonrisa que dejaba al descubierto su perfecta dentadura—. Pensé que vendrías con Silvia. Pasa, por favor.
«Corre, no entres, aléjate de ahí». Crucé la puerta y me encontré con decenas de personas que voltearon  a mirarme. Saludé asintiendo con la cabeza. Silvia fue presurosa a darme el encuentro.
—Carlitos, sabía que vendrías— dijo dándome un beso en la mejilla—. Ven, sígueme que te presento a los muchachos.
«Abre la puerta y regresa a casa». La seguí entre la multitud. Todos conversaban, la mayoría sosteniendo un vaso con algún licor en él. Habían formado pequeños grupos y la música se confundía con sus palabras. «¿Qué haces aquí, Carlitos?», me preguntaba. Seguí la nuca de Silvia. Me había tomado de la mano y yo apenas lo había notado. Después de tantos desplantes y tanta porquería que le había arrojado encima, ella me trataba de esa forma. Llegamos adonde un grupo de cinco personas, tres hombres y dos mujeres. «Ve a casa, Carlitos». Sólo recordé el nombre de una de los cinco: Verónica, porque ya lo había escuchado antes. No sé por qué Silvia pensó que Verónica y yo podríamos llevarnos bien. No teníamos nada en común. Yo era un perdedor y ella era hermosa. Aun así, Silvia hizo que me quedara a su lado y proponía temas para que ambos conversáramos. «Silvia, vete al diablo ¿Ella y yo? Esto jamás funcionará». Verónica y yo conversamos como un par de loros. Se reía de mis bromas y yo la encontré interesante. Una hora después, estábamos bailando y besándonos en medio de la sala. «¿Qué estás haciendo, Carlitos?». No vi a Silvia el resto de la noche. Tomé la mano de Verónica y la conduje fuera de aquel lugar. Caminamos abrazados por varias cuadras. Nos deteníamos en cada esquina para besarnos. No recordaba la última  vez que había besado a una chica. Me pidió llevarla a mi departamento y accedí. Al abrir la puerta, ella se abalanzó contra mí y me lanzó a la cama como una fiera.

Desperté con un fuerte dolor de cabeza. Todo parecía haber sido un sueño pero volví a la realidad cuando escuché el sonido del agua cayendo en la ducha. Me froté las orejas. No estaba soñando, alguien estaba tomando una ducha en mi baño. Era cierto todo lo que había pasado con aquella mujer. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo se supone que uno debe actuar ante este tipo de situaciones? No recordaba una palabra de lo que habíamos hablado la noche anterior. El agua dejó de caer y escuché un leve tarareo de una canción antigua. La puerta se abrió y vi a Silvia salir con una toalla enrollada en su cuerpo. « ¡Carlitos, despertaste!», exclamó.





Kevin Fernando Rodríguez Girón (Callao, Perú 1991)

Ingeniero mecánico graduado de la Universidad Nacional del Callao. En el año 2016 decide estudiar en el taller de Escritura Creativa, a cargo de la escritora Luisa Fernanda Lindo. Más adelante, es seleccionado para llevar el Taller de Crónicas en la Casa de la Literatura Peruana, dirigido por el escritor Juan Manuel Robles.  Actualmente, Kevin redacta para el portal cultural Cuenta Artes.  Este año, sus cuentos “La Odisea de Ulises” y “El gran maestro” se publicarán en la edición Nº 10 de la revista literaria “El Bosque”.
 





Cuento: "Silvia" por Kevin Rodríguez Cuento: "Silvia" por Kevin Rodríguez Reviewed by Cuenta Artes on septiembre 05, 2017 Rating: 5

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