Raúl Cisneros: El quechua a través del arte

Raúl Cisneros: músico, actor, docente, difusor y defensor de los quechuahablantes - Foto de cortesía
 
Por Kevin Rodríguez 

«Se acaba de promulgar el Decreto Supremo para la Política Nacional de Lenguas Originarias», me dijo algo emocionado Raúl mientras buscaba en su cocina cuatro vasos, dos de ellos para que sus hijos, Yaku y Amaru, beban refresco de durazno mientras nosotros conversamos. Su nombre completo es Raúl Cisneros Cárdenas y podría decirse que es hermano gemelo del músico norteamericano Jesse Ed Davis; nació en el año 1974 y es originario de la comunidad de Pariamarca, distrito de Vischongo, en la provincia de Vilcas Huamán, Ayacucho; egresado de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga como docente, pero yo lo llamaría más un artista, un difusor y defensor de los quechuahablantes y de las tradiciones andinas. Actor, integrante del grupo Estirpe Teatro de Ayacucho y formado por el grupo Yuyachkani y el grupo Odin Teatret de Dinamarca. Narrador, perteneciente a la asociación de narradores Déjame que te cuente, donde fusiona la música con la narración de cuentos andinos. Intérprete y traductor, acreditado por el Ministerio de Cultura en Lenguas Indígenas y Originarias. Cogió su inseparable charango y se sentó frente de mí después de servir refresco para todos. Raúl fue mi profesor de quechua por un par de meses y recuerdo sus clases llenas de canto y danza. Casi nunca usaba la pizarra.

«La pedagogía andina es así, con música y bailes. El hombre andino aprende silbando, cantando y bailando».
Es difícil imaginar a su comunidad en aquella época como él me la describe. Aquellos años en los que él era solo un niño y Sendero Luminoso pisaba fuerte en Ayacucho sembrando el terror. Tuvo que huir de su comunidad hacia la ciudad de Vilcas Huamán (capital de la provincia del mismo nombre) a los nueve años a causa de la guerra. Sin pertenencias ni lugar dónde vivir, su infancia fue muy dura. «Mis seis hermanos fallecieron y mi padre se volvió alcohólico», me narró y en sus ojos se reflejaban los recuerdos que venían a su memoria.
«Vi mucha muerte en esos días. Muchos pueblos desaparecieron. Los militares llegaban y quemaban aldeas enteras». 
Muchas de esas vivencias están documentadas en el Museo de la Memoria donde él participó en la exhumación de víctimas, la curaduría y el montaje junto a la ANFASEP, la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú, conformada en su mayoría por mujeres quechuahablantes. A pesar de aquellos problemas causados por el terrorismo, Raúl pudo llevar sus estudios con cierta regularidad. Y para apoyar a su familia, durante las vacaciones escolares, trabajaba en otros pueblos cuidando niños, recibiendo como paga alimentación, alojamiento y ropa usada.
¿Las clases las dictaban en quechua?—le pregunto, volviendo al tema de la lengua.
—No, eran en español.


 A pesar de que todos ahí hablaban en quechua, las dictaban en español. Era algo absurdo porque muchos no entendían absolutamente nada. Él aprendió de niño el español gracias a sus primos que dominaban ambas lenguas y por ende, no tuvo muchos problemas en la escuela pero, la mayoría no contaba con esa suerte. Hoy en día también se dan muchos casos similares en todo el país. Es por eso que Raúl se esforzó mucho en ser un buen estudiante para tener instrumentos con los cuales defender las lenguas nativas.
¿Siempre fuiste un amante de la literatura? —le pregunto observando sus libreros que ocupan dos de sus paredes. —Sí, desde niño cogía las revistas de mi tío que era profesor y me las llevaba a la escuela. Mientras otros leían Coquito, yo leía a Vallejo y a Arguedas. Fue así que se decidió por la educación como carrera en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, donde exigían llevar seis niveles de quechua pero eran cursos que cualquiera podía aprobar sin saber una sola palabra en la lengua. «No había exigencia en esa materia», me cuenta algo mortificado.

 Hace trece años que Raúl llegó a Lima haciendo distintos tipos de labores. Desde el teatro y la narración hasta la traducción y docencia. Siempre llevando el quechua por todos lados a través de la música. En su casa pueden verse distintos instrumentos andinos, como un arpa que descansaba sobre un sillón y un bombo en la esquina de su habitación, que le sirven de herramientas de trabajo. Él tiene una visión distinta a la que la mayoría de personas tiene sobre las diferencias que causan las distintas lenguas en el Perú. Vemos siempre discriminación y humillación hacia el hombre andino, sobre todo a quienes hablan lenguas nativas, pero él lo ve desde otra perspectiva, con buen ánimo y muchas ganas de cambiar las cosas. Me dice que desde el Baguazo, se tuvieron muchos avances y que, con el Decreto que se acaba de promulgar, muchas cosas cambiarán. «Lamentablemente tienen que pasar cosas así para poder avanzar». A pesar de que me pongo lo más pesimista posible, diciéndole que los decretos muchas veces son letra muerta y que el peligro de que algunas lenguas nativas desaparezcan aún existe, él lo ve de otra forma. «Estamos en un nuevo tiempo de interculturalidad», me dice. Insisto y le cuento del caso de la lengua taushiro de Loreto, donde sólo hay una persona que domina aquella lengua, pero él responde con optimismo: «Hace dos meses condecoraron a ese señor».

 —¿Qué se puede hacer para que las lenguas no se extingan? —le pregunto. —Es decisión de cada cultura—y ante mi mirada perpleja, añade: «Las propias culturas deciden desaparecer». Y me relata el caso en que fue a la Selva del Perú como profesor del proyecto descentralizado de la Universidad Mayor de San Marcos. En el camino se encontraba con habitantes de la comunidad que no sabían hablar en su lengua nativa. «Pertenecen a la comunidad shipibo pero no hablaban en shipibo», me dice con una leve sonrisa. Me nota con ansias de saber más. «Una cultura no se puede rendir así no más», le digo. —El quechua debe ganar nuevos espacios como ya lo viene haciendo. La lengua debe ser tan moderna como las otras que existen en el mundo. Debe hablarse más, escribirse y leerse y no solo verse como una lengua que solo la hablan los ancianos. Ya más satisfecho, le prometo reanudar las clases de quechua y él me invita a visitarlo a su casa y a organizar una reunión con los antiguos alumnos de aquella clase para practicar la lengua y no menciona en ningún momento una tarifa o costo. Entonces me doy cuenta de que a él realmente le apasiona lo que hace.

«¿Cómo saber si algo te apasiona? Imagina que no tienes que preocuparte por el dinero, ¿en qué trabajarías?», me dijo una vez mi abuela.
Raúl Cisneros: El quechua a través del arte Raúl Cisneros: El quechua a través del arte Reviewed by Cuenta Artes on agosto 17, 2017 Rating: 5

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