"Carta apócrifa de Manuel Ascencio Segura a Felipe Pardo y Aliaga" por Rudy Chávez



Enemigo mío

Con pretexto del natalicio de Manuel Ascencio Segura y Cordero (Lima, 23 de junio de 1805), autor de la célebre comedia costumbrista Ña Catita, a continuación, una carta apócrifa escrita con su estilo irreverente, en la que lamenta la pérdida de su enemigo literario, Felipe Pardo y Aliaga (fallecido en Lima el 24 de diciembre de 1868). 

Por Rudy Chávez

Lima, 25 de diciembre de 1868

Querido Felipe:

Si uso el adjetivo calificativo «querido» para dirigirme a ti es por pura formalidad, porque, en realidad, debería llamarte «señorito». La muerte no mejora ni mata lo que fuiste en vida, Felipe, y eso lo sabes.

Al filo de la Nochebuena y de la Misa de Gallo, Dios, nuestro Señor, decidió ponerle punto final al último capítulo de tu vida humana, que te retrató como una alma prisionera de su propio cuerpo que, para colmo, se encontraba privada de la luz del mundo. 

No sentí antes de hoy la necesidad de escribirte una carta debido a que cada verso mío dirigido hacia ti era inmediatamente devuelto por tu persona con igual o mayor ponzoña. Eso se acabó con tu partida al más allá y por eso, desde el más acá, te escribo esta correspondencia, que dejaré, así nunca tenga una respuesta tuya, sobre la fría lápida que guarda tu cadáver, que, según el Génesis del Antiguo Testamento, regresará al polvo del que salió.    

Ahora que la Muerte te ha llevado consigo, debo reconocer, sin ambages y a mi pesar, que Ella me arrebató al único rival con el que disfrutaba polemizar y al que convertí en el depositario de mi envidia disfrazada de mala leche. Porque, en el fondo, te envidiaba, Felipe: siempre quise escribir con tu elegancia academicista, sin embargo, a causa de mi carrera militar y a la república caótica del Perú, me dediqué a guerrear y no a cultivar el arte de escribir, como tú sí lo hiciste en Madrid, de donde regresaste además hablando como chapetón, vistiéndote como inglés y comiendo como franchute.

La aristocracia madrileña acabó con tu oportunidad de servir a la Corona Española dentro de su cuerpo diplomático y, de paso, con tu anhelo de convertirte en súbdito de Fernando VII por tu condición de criollo, obligándote a emprender el viaje de retorno a tu patria, un sitio al que te juraste no volver en lo que te restaba por vivir. Para tu desgracia terrenal, te quedó resignarte a ser peruano por descarte y no por convicción.  

De regreso a nuestra tierra, tiempo después, abrazaste, así como yo, la causa peruana contra el sueño confederado del general boliviano Andrés de Santa Cruz, ese Napoleón andino que engulló al Perú desde Bolivia y a quien se consiguió derrotar recién con la segunda expedición restauradora peruano-chilena. ¿Cómo podía ese país, que el zambo Bolívar creó a costa de nuestro territorio, encabezar esa unión? ¡No había derecho, Felipe!

Por tu activa participación periodística en abierta oposición a la locura santacrucista, pensé que aprendiste a amar al suelo que te vio nacer, aunque me equivoqué de cabo a rabo, porque bajo tu discurso patriotero contrario a la Confederación aún se hallaba agazapado tu trauma vital: no haber podido nacer español. ¿Cómo es que lo sé? Vamos, Felipe: tu marcado acento ibérico, tu somatotipo peninsular, tu vestimenta inglesa, tu paladar afrancesado, tu educación chic, tu estricto apego estilístico a la gramática castellana y tu añoranza por la Madre Patria te delataban de aquí a la China.     

A propósito de lo anterior, jamás olvidaré el papelón que protagonizaste al interior del Mercado de la Concepción, hecho bochornoso del que quisiste, en vano, hacerte el sueco: el mariscal Ramón Castilla acababa de investirte como Canciller y como tal estabas caminando con el porte de un príncipe godo cuando una negra tamalera te cerró el paso para ofrecerte probar un humeante trozo de tamal que extrajo, rauda, de la canasta de mimbre que llevaba con ella. Visiblemente incómodo, hiciste, con tu mano enguantada, un ademán de negarte a degustar su producto culinario, pero, dada la insistencia de la oscura vendedora, terminaste cediendo. Ni bien te llevaste el pedazo de tamal a la boca, una mueca de desagrado se dibujó en tu rostro, que adquirió, casi de inmediato, la palidez de un culí. Lo que siguió fue grotesco: ¡Le vomitaste en la cara a la negra, Felipe! Tú, un gentleman que vestía con camisa de cachemir, pajarita de seda, levita y sombrero de copa alta, que contoneaba un bastón de empuñadura de marfil y comía foie gras… ¡degustando comida del pueblo y vomitándola sobre una plebeya! ¡No friegues la pita, Felipe! Evidentemente, tus gustos diferían de los del pueblo. Podría escribir a tu favor que lo único que llegaste a tolerar del pueblo en toda tu vida fue a ese negro tuyo que vestías como blanco y te servía como cochero, guardaespaldas y matón. 

Manuel, tu hijo, quien es más simpático y auténtico que tú, actualmente anda de arriba abajo con ese ex cochero-guardaespaldas-matón tuyo, quien no se esfuerza por esconder ni la manopla ni el cuchillo Bowie ni la Colt que porta a vista y paciencia de la gente. Hay un fuerte runrún de que pronto la Junta de Notables elegirá a tu hijo como el próximo alcalde de Lima, de modo que asegurar su protección es una prioridad.   

¿Te confieso un secreto, Felipe? Con tu partida, siento que me he quedado solo. Sin tu pluma elegante en la esquina contraria, pareciera que le escribo al silencio. Te marchaste con la suerte de no haber visto ni sentido nada de lo que pasaba a tu alrededor. Así quisiera morir, Felipe, como una flor que se marchita lentamente, ignorando el espacio y el tiempo…

Manuel



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